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jueves, 4 de febrero de 2010

De altar la manigua

Breves estancias y grandes ausencias tejieron la leyenda. El polvo y la manigua bautizaron la ceremonia de un amor pródigo en detalles y sin la cotidiana rutina de los rutinarios matrimonios. Juntos hubieran envejecido los amantes sino porque él era un soldado de la patria y ella abnegada esposa que entendía y compartía el ideal.

El amor de Ignacio Agramonte y Amalia Simoni iba y venía por los caminos en manos amigas que servían de correo; las urgencias de la insurrección impedían la correspondencia que ordenaban los corazones. Encuentros como suspiros, sobresaltos constantes, abrazos y despedidas sellaban la historia de esta pareja que no desaprovechó instante para tiernos presentes: pedacitos de maderas, que llamaban la atención por su rareza; semillas, frutos y hasta una paloma, que los tiros de una refriega hicieron caer atolondrada de un árbol en la manigua y que el patriota obsequió con esmero a su Amalia.

Juntos recibieron a sus hijos; en el monte le llegó a Ignacio las noticias y sin importarle la hora o la distancia partió a alcanzar el alumbramiento. Temeridad y osadía premiaba a la madre reciente que, por razones doble ahora, se angustiaba del peligro y el afán del enemigo por doblegar el sable camagüeyano.

“Tú no piensas mucho en tu Amalia, ni en tus dos ángeles queridos, cuando tan poco cuidas una vida que me es necesaria, y que debes también tratar de conservar para las dos inocentes criaturas que aún no conocen a su padre.Yo te ruego Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida ¿No me amas? Además por interés de Cuba debe ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto ¡Por Cuba, Ignacio mío, por ella también te ruego que te cuides más!”.

Demandaba la dama un comportamiento que era imposible para el gallardo mambí. ¿Acaso ella pudo pensar en mesura y consecuencias cuando, hecha prisionera por el ejército español, un oficial enemigo le exigió escribiera a Ignacio la petición de renunciar a la revolución, a merced de la vida de los dos hijos y de ella misma? No tardó en solicitar que le cortaran sus manos antes de escribir desleal y traidor mensaje.

De altar sirvió la manigua para bautizar nuevas leyendas que encuentran otros Ignacios y otras Amalias, fundiendo en el ejemplo de este amor perdurable, otras historias concedidas también en las breves estancias y las cotidianas ausencias que impone el cumplimiento de un deber.

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Pensando mí historia con Frank

Evocar al romántico poeta y revolucionario anima la arquitectura de esta historia. Revelaciones, o confesión sospechada, de una amiga que compartió con él La Escuela Normal de Santiago de Cuba anidan el centro de mis pensamientos: el héroe es Frank País.

Los jóvenes, no importa en cual época, viven preocupados por sus temas; posiblemente no existe excepción en eso de entregarse exclusivamente a sus problemas (a los desengaños de cada uno, quiero decir): Frank sufría con los asuntos de todos, las secuelas y contradicciones de un reciente golpe de estado; no soportaba la inacción, imponía rebeldía y buscaba alivio a su tensión política con una de sus compañeras de aula, Elia Frómeta.

- “Me encantaba por su desenvoltura, la cara grave, la poesía serena. Durante las tardes de mi época Frank me llevaba a visitar la biblioteca”.

- Él usaba los libros de pretexto (de buen pretexto) - “esa mesa es mi preferida”, decía cada vez, “siempre me siento allí… te voy a escoger unos libros que quiero que conozcas. Desde esta mesa puedo ver cómo salen los estudiantes de la escuela de comercio…”

Especificar “los estudiantes” me pareció una farsa para referirse a “las estudiantes” ¡Cómo si todos ellos no estuvieran siempre tras las faldas de las muchachitas! Tampoco era Frank diferente a los de su edad y a los de todas las épocas en eso de evadir las insinuaciones de celos; cualquiera salida era elegante para esquivar las dudas: -“desde aquí, desde esta mesa sólo hago apuntes para la revista de la escuela”.

Fue en ese lugar de la biblioteca donde se apreció por sus amigos la verdadera dimensión, el horizonte inalcanzable de la cultura y la sabiduría de Frank País. Fue en esa mesa donde descubrió a sus poetas preferidos y se olvidaba de su alrededor leyendo versos de Martí.

En aquel sito no había lugar para el tedio: el edificio de la biblioteca estaba ubicado en el museo que instituyó el apoderado Bacardí en 1899. Este había sido el primer museo fundado en Cuba. - “Eso me lo enseñó Frank… (Confiesa la Frómeta). “A menudo, después de permanecer un rato entre los estantes y los muebles oscuros, tomábamos un ómnibus y paseábamos hasta detenernos en el Morro, miraba el agua como si esa fuera su manera de timonear la vida y olvidar las angustias”.

A los 19 años, frente a las perspectivas políticas, Frank definió sus íntimas ideas de rebeldía. Florecía su actividad artística radiantemente, hacía escritos literarios, escribía poesía…

Con mi alma sola

Que se alza como gigante

y se retuerce y se arranca las entrañas

Y se rompe y grita al mundo entero

Su dolor y su pena tan intensos.

Los versos fueron delirio, bálsamo y tempestad: arte nacido del gemido de un espíritu patriótico. “Yo tengo que llegar patria mía y tengo que llegar, he de verte libre de tiranos, sacudida de inmundicia y oprobios que te hacen llorar, he de ver enjuagadas tus lágrimas y vengadas tus ofensas”.

La escuela Normal iba a cerrar el curso: sólo algunos alumnos deambulaban por los pasillos; eran los últimos momentos en aquellos familiares rincones: silenciosos testigos de personales discusiones, críticas agudas, rebeldías y confesiones… - “Frank cantaba Hojas muertas… (Así lo describe Elia); una triste letra para mi gusto…y me regaló una sortija de graduada. Había estado mucho tiempo reuniendo para regalármela. No había alcanzado para comprar la de él: aquella fue la de los dos”.

Era como dejar jirones de vidas; la puerta se abría ahora a un futuro que Frank estaba dispuesto a vivirlo como los jóvenes de su época, los que en aquel entonces acaso fueron la excepción. Frank vivió para siempre, para que luego todos soñáramos una historia con él:

Todo horror puede definirse

Toda pena conoce algún fin

En la vida no hay tiempo para consagrar

a grandes pesares, pero eso, está fuera de la vida

Fuera del tiempo

Es una perdurable eternidad del mal y de injusticia

Estamos mancillados por una mancha que no podemos lavar

Unido a la miseria sobrenatural

No solo nosotros, no solo la casa, no solo la ciudad

Han recibido la mancha

El mundo entero está manchado.

(Frank País)

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