Hace nueve meses
di una mala pisada y me torcí el tobillo, aún camino con
dificultades y el dolor es intenso al finalizar el día. Cada diciembre,
varias de mis amistades me invitan a la velada de San lázaro, todos saben de mi
escepticismo pero igual conocen de mi tolerancia por el credo ajeno y la factibilidad
con que comparto las celebraciones. Nunca antes había asistido a la
placita “del viejo” pero esta vez accedí.
El ritual de la velada se repetía en decenas de apartamentos
y casas de la ciudad, en cada lugar los rones y los dulces agrupaban a gentes
que veneran al santo de la muleta y los
perros, pero entre ellos no dudo que muchos como yo buscaran no más la
oportunidad del traguito y los pasteles
entorno a vecinos y amigos.
A las doce, la misma hora en la cenicienta pierde su zapato,
la benefactora del Santo me sugirió que tocará la maraca y pidiera tres de mis
deseos… todos imaginaron que yo rogaría por la salud de mi pie torcido… pero
no: mi esguince no fue el resultado de un
conjuro sino del hueco de una calle y de mis zapatos extra altos con los
que suelo disimular mi baja estatura ;
por tanto, Lázaro no es responsable de mi mala pisada, ni podrá enmendar
las secuelas de un mal tratamiento.
Me arrodillé frente al altar, improvisado con velas, dulces, bebidas y frutas. En ese instante recordé
una imagen inolvidable del año 2000: El
pueblo entero de la capital marchaba por el malecón pidiendo el regreso
del niño Elián, caminábamos unos juntos a los otros sin preguntarnos el partido
o la religión a la que militábamos. Salvo los compañeros del Instituto
Internacional de Periodismo no concia a nadie más de los que colmaban la calle,
pero me fue inevitable fijar la atención sobre un señor vestido de blanco y su
cesta de guano, en la que cargaba cascarones de cocos y otras cosas que no
alcancé a distinguir, cuando pasamos frente a Las Oficinas de Intereses de los
Estados Unidos en Cuba, el hombre lanzó su maleficio y grito vivas a La
Revolución. Comprendí que la fe está en el propósito y no en el proceder.
Con evocadora convicción soné la maraca y lancé a San Lázaro mis tres antojos:
-
Que su
liturgia me hiciera compartir siempre la alegría de mis mejores amigos;
-
Que su
arraigo espiritual refuerce, por los siglos de los siglos, la unidad de
cubanos y cubanas, más o menos crédulos, amante de la justicia y las causas
colectivas,
-
y que si bien no iba a comprometerlo con la
salud de mi pie, al menos, me concediera
el milagro de la precaución, para que en
lo adelante no dejará de mirar con mejor atención el camino por donde conduzco
mis pasos.